Los terribles destinos de los tiranos

Por Mohamed Guma Bilazi

 El defenestrado Gadafi en Libia, al igual que Julio César, alzaba la cabeza apoteósicamente hacia el cielo, para evitar que su mirada cayera sobre los plebeyos de su pueblo que le gritaban apesadumbrado “Dios, Gadafi, Libia y nada más”, lo que le hizo creer que Libia, con toda su vasta extensión, no era sino un palmo en su capa, de cuyo color los libios sólo veían el color verde por elección del tirano. Cuando Gadafi se dio cuenta de que su virtual Yamahiría le iba de la mano, intentó recuperarla al olor de la pólvora y el fuego, quemando a Libia y matando a su gente al igual que lo que hizo Nerón con Roma, quien se suicidó en la choza de uno de sus criados cuando veía a los rebeldes acercándose mucho a su escondite, buscándole por traidor a su pueblo.

 En una de las frescas noches del año 44 a. c., Julio César se dio cuenta de que la puñalada que le causó la muerte, se la había proporcionado su más querido mancebo Bruto -de ahí la famosa exclamación “!tú también Bruto!”-. Bruto le espetó “te quiero César, pero quiero más a Roma”. César, que sólo veía en Roma un apéndice de su imaginativa gloria, le contestó diciendo “Entonces que muera Roma”.

 Sin embargo Roma no murió, ya que no vivía de la gloria del César como se imaginaba. Roma era por si misma gloriosa. Por eso murió César y permaneció Roma. No sólo murió con el puñal de Bruto clavado en el corazón, sino que los mismos senadores de Roma mataron al tirano que habitaba en él, por que el tirano les aguardaba al igual que aguardaba a Roma, con todo lo que Roma simbolizaba para la República.

 El defenestrado Gadafi en Libia, al igual que Julio César, alzaba la cabeza apoteósicamente hacia el cielo, para evitar que su mirada cayera sobre los plebeyos de su pueblo que le gritaban apesadumbrado “Dios, Gadafi, Libia y nada más”, lo que le hizo creer que Libia, con toda su vasta extensión, no era sino un palmo en su capa, de cuyo color los libios sólo veían el color verde por elección del tirano. Cuando Gadafi se dio cuenta de que su virtual Yamahiría le iba de la mano, intentó recuperarla al olor de la pólvora y el fuego, quemando a Libia y matando a su gente al igual que lo que hizo Nerón con Roma, quien se suicidó en la choza de uno de sus criados cuando veía a los rebeldes acercándose mucho a su escondite, buscándole por traidor a su pueblo.

 Gadafi vivió como tirano y acabó como tal, su nombre manchó de sangre una de las páginas de la historia de Libia. En cuanto a la manera de su muerte que suscitó gran polémica entre muchos observadores por la violencia, la tortura y la vejación a que había sido objeto antes de morir, es que sus captores, los revolucionarios, sabían lo que hacían. Estaban convencidos de que aquello no era sino una gota en un océano de lo que había hecho él contra los libios en 42 años. No estoy justificando la barbarie, pero todos sabemos que los revolucionarios libios no se distanciaron  mucho del método seguido por los revolucionares de todo el mundo contra sus dictadores a lo largo de la historia. Gadafi, que pedía clemencia a sus captores, diciéndoles “soy como vuestro padre”, me ha hecho recordar las mismas palabras de Elena, esposa del dictador rumano Ceaucescu, cuando los rebeldes le estaban atando las manos, diciéndoles “me hacéis daño, soy como vuestra madre”. Momentos después esas clamas no impedían que los rebeldes rumanos le pegasen un tiro en la sien, así como a su esposo en unas imágenes que hicieron temblar la sensibilidad del mundo entero. Fue una ejecución de pena capital ante cientos de cámaras de televisión, tras un juicio sumarísimo, en la mañana el día de Navidad de 1989.

 Saddam Husein fue llevada a la horca en la mañana de un día sagrado y festivo para los musulmanes, Día del Sacrificio (erróneamente llamado Fiesta del Cordero), sin respeto alguno a los sentimiento de millones de musulmanes de todo el mundo. Aquello fue el regalo que Occidente hizo con motivo de esa fiesta para más de la tercera parte de los habitantes del planeta tierra.

 Lo que le pasó a Gadafi en octubre 2011, ha sido similar a lo que la familia imperial de María Antonieta vivió en octubre de 1793 a mano de los revolucionarios franceses. Pues, tras la alegría que recorrió entre los rebeldes tras asesinar a su marido Luis XVI, y por la furia revolucionaria, fue llevada a manos de la chusma rebelde por las calles y plazas de París bajo los golpes de manos y objetos que estuvieran al alcance de los enfurecidos revolucionarios, de piedras y basura, insultos y vejaciones, para ser conducida posteriormente a la guillotina donde fue decapitada, sin que la escena causara entre los rebeldes el menor reproche por su fechoría. 

 ¿Acaso los embrutecidos revolucionarios italianos no fueran más violentos cuando a finales de abril de 1945 decidieron colgar al Duce Mussolini de Italia, y a su amada Clara, por los pies en una gasolinera de la ciudad de Milán, y cuando el público acudió para escupirles, insultarles, patearles y tirarles todos lo que tuvieron a mano, para luego perder los nervios y comenzar enloquecidos a disparar contra sus cadáveres?. Escena que superaba el puro dantismo.

 La larga historia con horrible violencia siempre ha caracterizado la venganza de los pueblos contra sus tiranos, cuando esos pueblos rompen la barrera del miedo y se les brinda la oportunidad de hacerles pagar la factura de sus vitalicias tiranías. Las bases del juego fijadas por los propios tiranos se le vuelve en contra cuando las masas enfurecidas aplican dicho juego, pagado con sangre e indignación tras largos años de sufrimiento e injusticia vivida; estallando en un espacio de tiempo que hace de la escena un caso extraordinario en toda regla. Una escena que sin duda se repetirá siempre que aparezca un tirano y cada vez que las masas tengan la oportunidad de ajustar las cuentas pendientes con él.

 No creo en la moralina de muchos que dicen que estamos en el siglo XXI y que los seres humanos ya no somos tan salvajes como lo fuimos hace siglos. A esos les digo que  el ser humano ha sido así en cualquier siglo, y sólo se puede diferenciar el individuo, el lugar y el momento. Porque eso mismo ya lo decían otros en el siglo XX, el XIX… y anteriores ante cualquier barbarie. La pregunta que se impone por si sola, es dónde estaban todos esos críticos cuando Gadafi que, como cualquier otro dictador, mataba día y noche a diestra y siniestra. Los revolucionarios libios lincharon y liquidaron a un Gadafi que les dominó con fuego y hierro a lo largo de 42 años. Y también asesinó y torturó a miles de ciudadanos en esos años. Ejemplo: la matanza de la cárcel de Abuslim en 1996, cuando en una sola noche Gadafi mandó liquidar a 1.270 personas. Dónde estaba la conciencia mundial, los defensores de los derechos humanos y civiles,… Fue la callada por respuesta. Más aún, todos vimos cómo los líderes del mundo, a la cabeza de ellos los altos mandatarios europeos, se apresuraban en entrar a la “jaima” de Gadafi, abrazarle efusivamente y hasta besarle las manos. ¡Que hipocresía!

 Cierto es que el pasado año, y el año que está en curso, se ha vivido una excepcional estampida de los ciudadanos árabes con un número de revueltas exitosas que se han denominado como “Primavera Árabe”. Y que algunos países árabes aún viven un difícil parto para el cambio. Y que el escarmiento será para los líderes vivos y no para los muertos, porque sus destinos aún les conceden algo de tiempo para esquivar los semejantes destinos de sus anteriores. Sólo ellos deberán tener cuidado en no perder la ocasión, porque esta no se concede dos veces y que la suerte se asemeja mucho al color de la rueda de la ruleta. En caso contrario, sus destinos finales serán igual de terribles. Porque las primaveras de los pueblos serán sin duda los otoños de sus dictadores.

        

 

         

 

 

 

 

 

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